El pasado 25 de octubre, Brasil realizó su séptimo ballotage desde 1998, enfrentando a dos candidatos que representan posturas opuestas en la sociedad brasileña: Lula da Silva, con su enfoque populista, y Flávio Bolsonaro, quien se enmarca como un defensor del liberalismo económico. En la primera vuelta, a pesar de las expectativas de que Lula lideraría, fue Bolsonaro quien obtuvo la mayoría con el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula.
Los resultados de la primera vuelta revelaron que de 158.745.502 ciudadanos registrados, 125.275.835 acudieron a las urnas, lo que representa una participación del 78,92%. De estos votos, 119.300.788 fueron válidos, mientras que 5.975.047 fueron considerados nulos o en blanco. A pesar de la victoria inicial de Bolsonaro, la segunda vuelta mostró un panorama diferente.
A pocos días de la segunda vuelta, los pronósticos indicaban ventaja para Bolsonaro, pero al final, Lula consiguió un verdadero 'milagro', conocidos como Miraculum Lulae, al obtener 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79%, en comparación con los 59.826.041 (48,21%) de Bolsonaro. Este crecimiento fue notable, ya que Lula aumentó su caudal de votos en más de 10 millones desde la primera vuelta, mientras que Bolsonaro creció en 3,7 millones.
Analizando los resultados, se observa que Lula ganó en 14 estados, incluidos los que tienen mayor beneficio del programa Bolsa Familia, mientras que Bolsonaro dominó en 12 estados y el Distrito Federal. La participación electoral también creció, logrando un 80,78% de asistencia, lo que demuestra un mayor interés de la población en el proceso electoral.
Entre los factores que contribuyeron a la victoria de Lula se encuentran las medidas adoptadas por su gobierno en la semana previa a la elección, que incluyeron la eliminación de restricciones para ciertos trabajadores y el transporte público gratuito durante los fines de semana, apuntando a atraer el voto de las clases más desfavorecidas.
La victoria de Lula no solo marca su regreso al poder, sino que también enfrenta desafíos significativos como un congreso adverso y problemas económicos que incluyen un déficit proyectado del 9,51% del PIB. A medida que asume el cargo, Lula deberá navegar un complejo panorama político y social en un Brasil profundamente dividido.