En los valles de Santa Cruz, la revalorización de una antigua tradición vitivinícola se traduce en nuevas oportunidades para la inversión y el turismo. Entre los viñedos y las bodegas, un grupo de emprendedores busca dejar su huella en la historia del vino boliviano.
Pedro Giménez, un vino que representa esta nueva era, originario de Samaipata y Comarapa, simboliza el esfuerzo de aquellos que desean potenciar la vitivinicultura cruceña, en un ámbito donde durante mucho tiempo Tarija fue el único referente. Sin embargo, con el esfuerzo de diversos productores, Santa Cruz se posiciona cada vez más como un competidor en la elaboración de vinos de alta calidad.
La historia de la vitivinicultura en la región se remonta a tiempos muy anteriores a la independencia de Bolivia. Desde 1595, ya se cultivaban viñedos en Samaipata, y para 1640, la región contaba con miles de cepas. Sin embargo, con el tiempo, la actividad vitivinícola se vio afectada por diversos factores económicos, relegando la producción a pequeños cultivos familiares.
Con el nuevo milenio, el ingeniero Sreko Mileta Dubocovic revitalizó el sector en Samaipata, incorporando nuevas variedades de uva y técnicas modernas. Pero fue Francisco Roig Justiniano, al estudiar en la Universidad de California, quien verdaderamente impulsó un resurgimiento al identificar las condiciones óptimas de los valles cruceños para elaborar vinos de calidad, dando origen a Vinos 1750 y abriendo paso a otras bodegas que hoy se destacan.
Las cifras son elocuentes: desde 2013 hasta 2024, la superficie cultivada con uvas creció de 121 a 523 hectáreas, un aumento de más del 325%. La producción de uva también ha tenido un notable crecimiento, alcanzando 6.655 toneladas y una elaboración de 228.340 litros de vino en 2024, casi el doble que hace solo dos años.
Este renacer vitivinícola no solo busca la producción de vinos exeptionales, sino también construir una identidad que haga resonar a Santa Cruz en el ámbito nacional e internacional. Emprendedores como Mateo Roig y Javier Salas están en este camino, convencidos de que la clave está en resaltar la singularidad de sus productos. Así, Vinos 1750 ha recuperado el Pedro Jiménez Blanco, mientras Bodegas Valbranco ofrece variedades menos comunes como Caladoc, todos en un intento por reflejar la diversidad de su entorno.
La calidad del vino se logra a través de decisiones cruciales, desde la elección de la barrica hasta el tiempo de fermentación, donde cada elemento impacta en el producto final. La transformación de esta tradición agrícola en una industria del conocimiento es innegable: entender el suelo, el clima y las variedades es tan vital como la propia uva.
El futuro del vino cruceño es prometedor. A medida que sus etiquetas ganan prestigio, se abren las puertas para atraer inversiones, generar empleos y fomentar el enoturismo, lo que sin duda añade un valor significativo a la producción agrícola de los valles. Así que, cuando tenga la oportunidad de disfrutar de un Pedro Giménez, recuerde que no solo está degustando un buen vino; está celebrando cuatro siglos de historia y el renacer de una industria que, por fin, vuelve a florecer en Santa Cruz.