Es común que los bolivianos respondamos negativamente a la pregunta de si alguna vez fuimos un país grande. Sin embargo, esa percepción podría ser uno de los principales obstáculos que enfrentamos en nuestro camino hacia el futuro, incluso más que crisis económicas o conflictos políticos.
A lo largo de la historia, ningún país ha logrado transformaciones profundas y sostenidas únicamente por decisiones políticas o planes técnicos. La clave ha sido, en todos los casos, la convicción de que esas transformaciones son en realidad una recuperación de grandeza previa. Países como Japón y Corea del Sur construyeron su futuro sobre relatos de grandeza histórica, algo que en Bolivia, por el contrario, hemos hecho a partir de un inventario de pérdidas.
Desde la pérdida del litoral hasta la repetición de que hemos sufrido cientos de golpes de Estado, hemos enfatizado nuestras derrotas. Sin embargo, cuando se hace un análisis serio de nuestra historia, la cifra real de rupturas institucionales es considerablemente menor a la que se suele mencionar. Esta tendencia a enfocarnos en el fracaso ha hecho que ignoremos nuestros logros.
Es esencial reconocer que Bolivia cuenta con una rica herencia histórica. Hace más de mil años, la civilización Tiwanaku logró cultivar alimentos a gran altura, una hazaña agrícola que sigue siendo relevante hoy en día. Su avanzada ingeniería permitió sostener una gran ciudad con una notable influencia en el comercio y la religión a lo largo de la región.
Este legado no se desvaneció. Durante la expansión del imperio incaico, se incorporó la memoria de Tiwanaku, convirtiendo a Bolivia en el corazón del Qullasuyu, un lugar central dentro del vasto imperio. Además, durante el auge de la plata en el Cerro Rico, nuestro territorio jugó un papel crucial en la economía global de la época.
A pesar de estos logros significativos, la narrativa que nos contamos como país sigue siendo la de la derrota. Este enfoque tiene un costo alto, ya que una nación que se ve a sí misma como perpetuamente derrotada se limita en sus aspiraciones de futuro y en su capacidad para realizar sacrificios a largo plazo.
No se trata de ignorar las dificultades que enfrentamos, sino de aplicar el mismo rigor y seriedad al reconocer nuestros éxitos que aplicamos a nuestras fallas. Este ejercicio es fundamental para cimentar cualquier proyecto que busque un futuro ambicioso para Bolivia.
La reinvención de un país no puede ser solo una mirada hacia el futuro; es necesario también mirar hacia el pasado con honestidad y un orgullo justificado. Bolivia posee un legado valioso que merece ser recordado y reivindicado. La cuestión crucial no es si podemos ser grandes hacia 2050, sino si estamos listos para recordar que ya lo fuimos.